Por allí bajaba Antonio embutido en su gabán. Hacía ya como una media hora que las farolas alumbraban las calles del pueblo, y una fina lluvia otoñal venía cayendo sin cesar durante todo el día.
En el recodo del magnolio grande, Antonio y "Rubio" juntaban sus pasos. Él sin decir nada, el perrillo unos pasos más atrás, caminaban hasta llegar al bar donde solían parar unos minutos.
A Antonio nadie lo había visto nunca antes. Simplemente apareció una noche, se dirigió al bar, pidió un vaso de vino y lo pagó. Luego indicó con un gesto que quría fumar y le dieron un paquete de tabaco, que también pagó, y se marchó sin decir nada. A partir de entonces el ritual se repitió día tras día. Desde el segundo ya sólo levantaba un dedo y golpeaba ligeramente el mostrador para que le sirvieran el tinto y le dieran el tabaco.
VICENTE MORET
